Lo sé.

A veces la lámpara permanece dormida
mientras la luz se vuelve agua
y la tarde se deshace lentamente
entre los dedos del aire.

No siempre sé preguntar al silencio
cuando el alba se tensa
y tu nombre,
ave de sombra tibia,
golpea las paredes de mi boca
buscando cielo.

Te inquieta mi forma de desaparecer en el borde,
mi costumbre de descalzarme
justo cuando el fuego pronuncia tu cuerpo,
cuando mis manos —invierno distraído—
llegan tarde
a la estación exacta de tu temblor.

Y sin embargo
hay un instante diminuto
en el que el tiempo se inclina,
nos mira,
y decide quedarse.

Me ocurre.
Esta manera mía de extraviarme en la claridad,
de amar como quien aprende la marea
desde dentro de la herida.
No te enfades.

Iré.
Hacia el lugar donde la palabra descansa,
donde la voz es apenas respiración compartida,
donde tu cuerpo abre su penumbra
como una casa habitada por la memoria.

Vendrán tardes intactas,
sin cielo derrumbándose,
y con paciencia de ola antigua
volveremos a la certeza:

elegirse
también es una forma de luz.

Porque soñarte
es la rebelión más secreta,
la épica callada del hombre que imaginaste,
la dulce locura que arde despacio
hasta volvernos
ceniza que recuerda el fuego.

Y en esa ceniza,
amor,
late todavía
la música invisible del instante.