Decían que buscaba su nombre en la lenta belleza de lo perdido. Me pareció frágil como la flor del cerezo y algo aturdido cuando le oí decir: «Soy capitán de una galera que navega el conocido mar de los desastres. Conozco la sonrisa negada que se aleja, anclada todavía al muelle; los reyes que llaman esplendor a las confidencias tristes de sus reos, y las manos que se ocultan tras la caída de las primeras hojas del otoño. Pero también…