Contra el temblor del mundo
no basta la pastilla antisísmica.
Son tiempos de nadie.
Cuando nos venden
la necesidad del hambre,
conviene caminar con las botas puestas,
con el rumbo aprendido,
sin dejar fuera de la maleta
aquello que sostuvo
nuestra vida.
A la pobreza,
llamarla pobreza.
Si la lluvia nos protege,
no hagamos del relámpago
una coartada,
ni de la desgracia ajena
un juicio.
No hay otra ética.
Las heridas
no necesitan ayuda.
Saben abrirse solas.
Hay que descender.
Muy al fondo.
Hasta ese lugar
donde el dolor pierde su nombre
y los pasos revelan
su verdadera edad.
Solo allí se comprenden
los distintos andares.
No existen palabras secretas
en estos versos.
Tan solo una tentativa,
frágil,
insuficiente,
como cualquier otra,
de cruzar el cielo en barca.

4 comments
Buen poema. Profundo y a la vez sensible y frágil. Llamar a las cosas por su nombre siempre es buena cosa.
Enhorabuena!!
Muchísimas gracias por tan generosas palabras, María Isabel. me alegra te haya gustado. Un abrazo fuerte.
Es bellísimo compi y con un trasfondo que invita a tomar partido porque todos sabemos lo que hay en este mundo que se tambalea. Un abrazo.
Esa era la intención, Raquel. Me alegra haberlo conseguido. Un abrazo grande, compañera.