La luz empieza a desgastarse en sus colores.

Las olas reclinan su ímpetu

hasta una calma apacible,

como ocurre en los días de cambio de estación.

El horizonte va escondiendo el esplendor

de la felicidad que cabe en unos ojos.

 

Mi voz intenta acercarse al silencio del humo

-roto solo por el chillido de las gaviotas-

que aproxima la noche,

territorio proclive a las sombras del miedo.

Es el vértigo de haber perdido el hábito

de transitar las aguas tranquilas de la nada.

 

El Peter Pan soñador, cargado de libros,

es ya melancolía vencida por la velocidad.

 

Es extraña la aceleración del tiempo,

dejando cada instante de bajamar en un pasado

de bondades que ocultan la fugacidad del presente.

No tengo ganas de ningún desembarco.

Me agrada la idea de poner a hervir mis pecados

bajo esta belleza sobrecogedora que oscurece el día.

 

Y, a pesar del autoengaño,

sé que nada permanece igual que antaño.

Las necrológicas avanzan sin dejarse vencer por los ruegos,

igual que las mareas se mecen al dictado de la Luna.

 

La continua despedida de los cambios

certifica la no renovación de lo andado.

Esta tarde de mar no se repetirá.

Para el romanticismo de la transitoriedad de la vida

aún no hay respuesta.

Aún retengo la alegría

que pronto dejará de pertenecerme.