La luz empieza a desgastarse en sus colores. Las olas reclinan su ímpetu hasta una calma apacible, como ocurre en los días de cambio de estación. El horizonte va escondiendo el esplendor de la felicidad que cabe en unos ojos.   Mi voz intenta acercarse al silencio del humo -roto solo por el chillido de las gaviotas- que aproxima la noche, territorio proclive a las sombras del miedo. Es el vértigo de haber perdido el hábito de transitar las aguas…