Mientras dispone la indumentaria del equipo con precisión casi litúrgica, le asalta el recuerdo: fue el más rápido, el que volaba por encima de todos en aquellas olimpiadas donde el mundo, ingenuo, parecía abrirse a sus pies. Entonces, el futuro no era una promesa, sino una certeza luminosa.
Ahora llegan los atletas. Él se aparta a un lado, en silencio, como quien abandona su propio escenario. Y se pregunta —sin atreverse del todo a responderse— si el éxito le alcanzó demasiado pronto o si, en realidad, fue su empeño voraz por reinar en territorios más efímeros que la gloria, donde el deseo se confunde con la caída, lo que terminó por torcerle el destino.
