La ráfaga de luz que se colaba por la rendija de la ventana iluminó la carta que dejó al marcharse sin decir nada. Siempre creí que la había perdido.
Su hambre era distinta a la mía. Yo la amaba y sobrellevaba sus deslices. Ella solo necesitaba la compañía tierna y bondadosa de alguien que le permitiera su otra vida. Toda relación así tiene fecha de caducidad a la vuelta de la esquina.
La releí y, misteriosamente, tras sus últimas palabras, alguien había escrito: «La gente con el alma pequeña siempre trata de empequeñecer a los demás. No sufras».
La tinta aún estaba fresca.
