Decían que buscaba su nombre
en la lenta belleza de lo perdido.
Me pareció frágil como la flor del cerezo
y algo aturdido cuando le oí decir:

«Soy capitán de una galera
que navega el conocido mar de los desastres.
Conozco la sonrisa negada
que se aleja, anclada todavía al muelle;
los reyes que llaman esplendor
a las confidencias tristes de sus reos,
y las manos que se ocultan tras la caída
de las primeras hojas del otoño.

Pero también he vivido los mapas
que señalan la única patria posible,
el silencio sin orillas de la soledad,
la galerna imantada de dicha y de amor
y las azoteas desde donde aún
pueden tocarse las estrellas».

Le pregunté por qué buscamos nuestro reflejo
en cuanto resplandece a nuestro paso.

«Aún no ha llegado mi tiempo de morir.
Busco la luna en el mar.
He resistido hasta aquí
y no voy a rendirme ahora.
Todos necesitamos a alguien.
El pasado no basta».

Con sigilo,
como un león joven que atraviesa
territorio enemigo,
siguió su camino,
como quien ya no necesita recordar
cómo se llama.