Contra el temblor del mundo

no basta la pastilla antisísmica.

 

Son tiempos de nadie.

 

Cuando nos venden

la necesidad del hambre,

conviene caminar con las botas puestas,

con el rumbo aprendido,

sin dejar fuera de la maleta

aquello que sostuvo

nuestra vida.

 

A la pobreza,

llamarla pobreza.

Si la lluvia nos protege,

no hagamos del relámpago

una coartada,

ni de la desgracia ajena

un juicio.

 

No hay otra ética.

 

Las heridas

no necesitan ayuda.

Saben abrirse solas.

 

Hay que descender.

Muy al fondo.

Hasta ese lugar

donde el dolor pierde su nombre

y los pasos revelan

su verdadera edad.

 

Solo allí se comprenden

los distintos andares.

 

No existen palabras secretas

en estos versos.

Tan solo una tentativa,

frágil,

insuficiente,

como cualquier otra,

de cruzar el cielo en barca.